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En las oficinas de muchas compañías —desde tecnológicas hasta aseguradoras o consultoras— comienza a repetirse un fenómeno discreto pero transformador: equipos diminutos, de apenas tres, cuatro o cinco personas, que funcionan como pequeñas células independientes.
Les llaman microequipos de alto rendimiento y están empezando a cuestionar la forma en que las empresas organizan el trabajo.
A primera vista no parecen revolucionarios. Son pocos, se conocen bien, comparten un objetivo claro y toman decisiones sin pedir permiso cada vez. Pero esa sencillez esconde un cambio profundo: menos jerarquía, más velocidad; menos burocracia, más impacto.
Necesidad esencial
La idea surge como reacción a algo tan evidente como incómodo: las organizaciones grandes se mueven demasiado despacio. Comités, reuniones interminables, cadenas de aprobación.
En un entorno donde los clientes cambian de opinión cada semana y la competencia se adelanta cada mes, la agilidad deja de ser un lujo y se convierte en supervivencia.



