Si echamos la vista atrás nos damos cuenta que históricamente, en materia de gestión del ahorro, no lo hemos hecho del todo bien. Un altísimo porcentaje del mismo se ha destinado a bienes inmobiliarios y a depósitos bancarios. Lo cual no es lo más eficiente. Ello es debido, en parte, a la poca educación financiera recibida. No es solo un problema en nuestro país, está patente a escala mundial.
Ahora bien, en situaciones como la que atravesamos gestionar el ahorro de forma eficiente, es decir, siendo conscientes de los objetivos que nos fijamos, los plazos, el nivel de riesgo que queremos asumir, etc., se convierte en una prioridad. La amenaza de la Covid-19 pasará, pero recuperar la alegría económica llevará algo más de tiempo, como ocurrió tras la crisis de 2008.
En este contexto, asistimos además al protagonismo que la jubilación va cobrando cada vez con más fuerza, sobre todo, en una sociedad con un porcentaje cada vez mayor de población envejecida.
Ante los cambios sobre la tributación de los planes de pensiones privados, así como el debate sobre la reformulación del sistema público de pensiones, los planes de empleo se posicionan como uno de los mecanismos financieros de ahorro con vistas al futuro retiro. La posibilidad de replicar un sistema como el anglosajón (participación cuasi obligatoria tanto del empleado como de la empresa) de esta modalidad, supondrá una oportunidad histórica con un enorme potencial de crecimiento que nos equipará, sin duda, con los países europeos más avanzados en esta materia.
Consisten en un sistema de previsión social colectivo materializado a través de un contrato de seguro que formaliza la empresa a favor de sus empleados. Y, aunque pueda parecer, a priori, que este sistema colectivo es algo reservado a las grandes compañías, cualquier empresa, independientemente de su tamaño puede contratar un producto para la jubilación de sus trabajadores.