Los mercados financieros se debaten entre el razonable optimismo que supone el avance de las campañas de vacunación junto a la bajada en los datos de contagio de la tercera ola, y el creciente temor a que una explosión del consumo derive en una subida de inflación por encima de expectativas. Y lo que puede ser más importante: que se mantengan esas subidas de precios el tiempo suficiente como para poner nerviosos a los agentes económicos. En otras palabras, que el mercado descuente con fuerza posibles subidas de tipos de interés.
De momento, como si de un partido de tenis se tratara, la pelota se mueve de un lado otro del campo, alternándose por lo tanto buenas sesiones de bolsa (que mira hacia la normalización sanitaria y económica, es decir, hacia los mayores beneficios empresariales) con momentos de prudencia, en relación al posible recalentamiento de la economía. En ese sentido, no está de más destacar que los bonos de deuda pública, a ambos lados del Atlántico, están experimentando unas subidas de rentabilidad que, aún manteniéndolos en zonas muy bajas, resultan significativamente más elevadas que hace tan solo unas semanas. Algo que hace resentirse a las valoraciones de la renta fija.
En el ojo del huracán están, como no podía ser de otra forma, los bancos centrales: ya a finales del año pasado, tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo advirtieron que no subirían tipos de interés, aunque la inflación superara coyunturalmente de manera amplia su propio objetivo teórico. En otras palabras, que no habría subida de tipos aunque veamos los precios subir más del 2,5%. No hay motivos para pensar que esta política vaya a cambiar. Y sin embargo…
Sin embargo, estamos a las puertas de entrada de nuevos estímulos a las economías, algo esencial para mantener el pulso de la demanda y, de manera muy especial, la supervivencia de buena parte del tejido empresarial. En EE.UU. se van a aprobar en breve, por fin, los 1,9 billones de dólares de estímulos propuestos por la Administración Biden. En Europa, deberían comenzar a llegar con fuerza los fondos aprobados el año pasado. Todo ello, unido al importante nivel de ahorro de los particulares (aquellos particulares que no han visto mermados sus ingresos, obviamente) y cierta sensación de “desquite psicológico”, en el sentido de que en cuanto se abra la veda, el consumo va a dispararse (en EE.UU. hemos tenido datos esta semana que alientan esta tesis), alimenta la probabilidad de ver un recalentamiento notable de la economía. Una subida en “V”, pero con un alto contenido inflacionista.
Todo ello se traduce en inestabilidad. No es tanto una visión negativa de la evolución macro, de hecho es justo lo contrario: estamos hablando de un desacompañamiento de la recuperación con los precios. En ese sentido va a ser extraordinaraimente importante la forma en la que los bancos centrales telegrafíen al mercado sus disposiciones. La idea es evitar un desacoplamiento de expectativas de tipos entres las autoridades monetarias y los agentes económicos, algo que ya vimos en 2018 con resultados realmente negativos para los mercados financieros, tanto de renta fija como de variable.