En las últimas semanas, Atlas (OpenAI) y Comet (Perplexity) se han convertido en los nuevos juguetes de la era digital. Ambos prometen una navegación más ágil, con resúmenes automáticos, búsquedas inteligentes y agentes capaces de actuar por ti. La idea suena brillante: un navegador que no solo muestra la web, sino que la entiende y te asiste en tiempo real.
Lo que no te cuentan tan alto es que, al abrir esa puerta a la inteligencia, también le entregas las llaves. Porque cuando un navegador con IA puede leer, escribir y ejecutar acciones en tu nombre, ya no es solo una herramienta: es un actor dentro del sistema. Y como todo actor, puede equivocarse… o ser manipulado.
Cuando la comodidad se vuelve obediencia
El problema aparece al ceder el control. Si una web oculta instrucciones, la IA puede creer que debe cumplirlas. Eso es el «prompt injection»: la IA deja de analizar… y empieza a obedecer.
Un ejemplo inquietante: abres una página anodina y, sin pedirlo, tu navegador intenta consultar tu correo. No es un tráiler de ciencia ficción; es un escenario posible con agentes conectados y memoria activa.
En ese punto, la inteligencia artificial deja de ser tu aliada y se convierte en una extensión confiada y crédula de tus datos personales. Lo inquietante no es la posibilidad, sino que ya ha ocurrido en pruebas reales.
