La semana pasada la operadora Vodafone publicaba un sorprendente informe del que se hacía eco inmediatamente The Guardian señalando cuan de cotidianas son las peticiones de escuchas tanto indiscriminadas como selectivas sobre sus clientes por parte de los servicios secretos y no tan secretos estatales en todos los países en los que tiene red propia.
Y decía Stephen Deadman, el responsable de Privacidad del grupo británico, que lo hacía en un alarde (-¿repentino?-) de transparencia y para que la ciudadanía tomase nota, y si estaba en su mano, comenzase a pedir cuentas a sus respectivos Gobiernos sobre estas abusivas prácticas más comunes de lo que se piensa y menos justificables de lo que debieran, que violan recurrentemente uno de los principales derechos básicos del ser humano.
La bomba de relojería Snowden
La realidad es que ya hace un año, Edward Snowden, entonces agente a la fuga de la National Security Agency norteamericana, destapó el pastel en el que andaba liado desde hacía años el Gobierno de los EEUU en los que sistemáticamente monitorizaba Internet a la caza en principio de terroristas y narcotraficantes y ya de paso las veces que se levantaba al baño la señora teralady del quinto o los gustos por los exóticos bailes Bollywoodienses del notas del bigotito del tercero.
Por un lado la mayoría de los países occidentales suelen tener una legislación con la que se les obliga a los operadores de telecomunicaciones a guardar todos los datos de contenido y metadatos (horario, fecha, destino, duración) durante cinco años, pero por otro estos deben permanecer custodiados de forma segura y encriptada. Esto es, se reconoce explícitamente la existencia de esta práctica a través de un mecanismo para extraer todos estos datos directamente del tráfico de red, y luego almacenarlos en servidores (¿propios, ajenos?) y se supone que sin tocar, ni siquiera para prácticas de minería ni análisis de big data.