Quien atraviesa la puerta de Nublo entra en un universo suspendido entre pasado y futuro. La piedra centenaria del palacio del siglo XVI, en pleno corazón de Haro, convive con un interiorismo que parece un sueño mitológico.
El visitante avanza guiado por un poema de José Emilio Pacheco inscrito en el suelo, hasta desembocar en un patio presidido por una sábana helicoidal que recuerda a una diosa en movimiento. Todo aquí tiene un aire ritual.
En el centro de este escenario aparece el fuego. No como un recurso, sino como el verdadero lenguaje del restaurante. En Nublo no hay gas ni electricidad: solo brasas de encina, cepas y sarmientos que transforman ingredientes sencillos en piezas de artesanía. «Queríamos limitarnos en nuestra forma de cocinar en torno al fuego para ser totalmente libres», recuerda Miguel Caño, alma mater de Nublo.

El camino hasta aquí no fue fácil. «Se me ocurre en 2019 empezar un restaurante en La Rioja, rehabilitar una casa palacio del siglo XVI… y de repente hay una pandemia y me pilla en obras. El banco me retira la financiación cuando ya estaba aprobada porque decían: `¿Cómo vamos a dar dinero para un restaurante en un pueblo de La Rioja si se está acabando el mundo?´».
Lejos de rendirse, buscó apoyos en su entorno más cercano. «Me encontré sin medios ni fondos y tuve que ir puerta a puerta a toda la gente del vino de La Rioja, a pedirles que me dejaran el vino a depósito con el compromiso de que el sitio iba a ser un éxito. Todo el mundo se implicó y conseguimos conformar una buena vinoteca, un primer equipo de apertura y llenar todos los días durante más de un año».



