Brasil está a punto de cerrar un año complicado. La delicada situación económica ha sido la gran protagonista de este 2015, en el que el país ha entrado en recesión. Además, las perspectivas para los próximos meses tampoco apuntan a que vaya a despegar durante 2016. A este panorama hay que sumarle la crisis política que vive la región.
La presidenta del país, Dilma Rousseff, hace frente a una crisis política que podría sacarla del gobierno. La líder del Partido de los Trabajadores encara una petición de "impeachment" tras las supuestas irregularidades de las cuentas presentadas por su Gobierno en 2014. Ahora, a la espera de que una comisión evalúe si de verdad se cometieron esas irregularidad, la posición de Rousseff es muy delicada.
Por ello, la influencia de Rousseff se ha visto menguada. "Quiero seguir en la Presidencia, primero porque fue elegida para ello y después porque tengo la certeza de que en los últimos 500 años nadie en Brasil ha hecho un programa para que la población más pobre tenga casa propia", señalaba esta semana la líder brasileña.
Además, sobre el Gobierno y la mayoría de instituciones del país pesa el escándalo de corrupción que gira en torno a Petrobras. Los hilos de la trama han salpicado no sólo a los ex directivos de la petrolera, si no que también llegan a otras instituciones de la política brasileña como el Congreso o al principal banquero del país.
Esta situación a punto de desbordarse ha hecho que la agencia de calificación crediticia Moody’s haya decidido considerar la posibilidad de bajar la nota a la deuda del país en su próxima evaluación. Esto significaría que el país perdería el grado de inversión.