En las últimas semanas se han acumulado pruebas de que la economía de la eurozona está demostrando su resistencia frente a las grandes sacudidas del encarecimiento de la energía y el endurecimiento de las condiciones financieras. Tras tocar un mínimo de alrededor de 47 en octubre, el PMI compuesto de la eurozona volvió a superar los 50 puntos en enero (véase el gráfico 1), lo que apunta a un estancamiento de la actividad más que a una contracción franca de la misma.
La producción industrial alemana, por su parte, aumentó en noviembre a pesar de la fuerte caída de los nuevos pedidos durante el mes, reflejo de la gran cartera de pedidos acumulada durante el periodo de pandemia. Sorprendentemente, la publicación del dato preliminar del PIB anual alemán para 2022 implica que la economía creció ligeramente en el último trimestre de 2022, frente a las expectativas generalizadas de un descenso hasta hace poco.

Menor riesgo de recesión, pero los problemas persisten
Aunque nuestra expectativa era que la recesión sería leve en Europa, los últimos datos indican que podríamos evitarla por completo. Pero si bien esto puede ser una buena noticia a corto plazo, no está exenta de problemas.
En la publicación de diciembre, la inflación subyacente de la eurozona alcanzó un récord del 5,2% interanual, según Eurostat. Parte de esta cifra refleja categorías de precios que se ven afectadas por las condiciones de la oferta mundial y que probablemente se desinflarán aunque la economía resista. Entre ellas estarían los precios de los bienes básicos y los del sector servicios, como los viajes y el alojamiento, muy afectados por la reapertura tras la pandemia. Aun así, para que la inflación vuelva a situarse en el objetivo del 2% del Banco Central Europeo (BCE), es probable que sea necesario cierto enfriamiento de la economía y del mercado laboral.