El sistema financiero chino se basa, fundamentalmente, en los créditos bancarios. Siete de cada diez dólares obtenidos por el sector privado para financiarse proceden del banco. Y los bancos en China, como es sabido, son propiedad del estado.
Las cifras del sector financiero chino, descontextualizadas, bastarían para poner los pelos de punta a cualquier analista. La deuda china, según cifras oficiales, supera en estos momentos el 250% del PIB. Y la deuda corporativa, por su parte, asciende actualmente al 156% del PIB.
“Todo esto son créditos derivados del superávit exterior chino que, mientras acumula reservas internacionales, aumenta la base monetaria”, señala Lei Ren, del China Center for International Studies, a DIRIGENTES.
No existe riesgo sistémico para la economía, al menos de momento, si bien una parte no menor del ahorro chino parece estar destinándose a inversiones ineficientes. Si se trata de una firma estatal no suele haber problema. Pero si es una firma privada la que no puede devolver determinados préstamos, los problemas son inevitables, sobre todo si ha invertido en sectores considerados de naturaleza ‘no estratégica’ por Pekín.
Por esta misma razón, cada vez más créditos están siendo concedidos a empresas de infraestructuras relacionadas con B&R (en detrimento del sector privado). China, con este nuevo rumbo, busca extender su influencia económica internacional mediante una sola voz, la del gobierno, sin interferencias de ninguna clase. Teniendo en consideración este contexto, es relativamente sencillo de entender el paso a un lado dado por Jack Ma.