La economía circular ha surgido con un objetivo muy claro: conseguir que todo producto, material o recurso dure el mayor tiempo posible, a la vez que se reduce al mínimo la generación de residuos. Según lo recogido en la Fundación para la Economía Circular, se trata de una idea relacionada directamente con la sostenibilidad y que, por tanto, rompe con la obsolescencia programada.
Así, en línea con esta premisa, en febrero de 2018 el Gobierno español redactó ‘España Circular 2030. Estrategia española de Economía Circular‘, que se enmarca dentro del plan de acción impulsado por la Comisión Europea en esta materia. Sin embargo, este documento de carácter público, aún se encuentra en borrador como consecuencia del bloqueo político que sufre España de un tiempo a esta parte.
«Frente a la incapacidad política de establecer un marco europeo de responsabilidad en la reutilización, muchas empresas españolas están avanzando decididamente en este ámbito. Es una transformación que se anticipa a lo regulado», sostiene el vicepresidente ejecutivo del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada, Jesús Sánchez Lambás.
La citada organización ha analizado el desarrollo de la economía circular entre el tejido empresarial español. Solo teniendo en cuenta compañías de tamaño mediano y algunas pequeñas, la principal conclusión que extraen es un alto grado de concienciación sobre este asunto. «Los operadores consideran que una actuación sostenible es ineludible en el ámbito de los negocios y que no hay otra opción», subrayan.
Dejando al margen las grandes corporaciones, ya que se supone que disponen de la suficiente dotación de capital y recursos humanos para alcanzar los objetivos de sostenibilidad, se han fijado en aquellas empresas menores de 250 trabajadores que han sido capaces de cambiar el modelo de trabajo establecido hasta ahora para reciclar o minimizar su impacto medioambiental, así como en aquellos negocios que han surgido para dar una nueva vida a productos que acabarían en la basura.