A corto plazo, la combinación de unos consumidores con las cuentas saneadas, una baja inflación, unos bajos tipos de interés y una elevada liquidez crea una coyuntura sólida para las rentabilidades. Sin embargo, a largo plazo pueden materializarse diferentes escenarios que requieran distintos enfoques de gestión de carteras.
Un año después de que el COVID-19 fuese declarado oficialmente una pandemia, las vacunas están suponiendo, literalmente, una inyección de moral para la población y, figuradamente, también para las bolsas. Los mercados anticipan la reapertura de la sociedad, cuando los consumidores cambien las compras de dispositivos por salir a cenar y vacaciones. En este entorno, el gasto encontrará apoyo en la favorable situación financiera de los consumidores, gracias al ahorro forzoso y las ayudas públicas.
Una bifurcación en el camino
Sin embargo, a medio plazo podrían desarrollarse dos escenarios opuestos: un viraje hacia condiciones similares a las de la década de 1920 o un retorno a la era de bajo crecimiento de 2012-2018. El reto para los inversores es que estos escenarios dan lugar a distribuciones de cartera completamente diferentes.
Si las empresas encuentran la confianza necesaria para incrementar su capacidad y las ayudas públicas estimulan la economía mundial, el crecimiento de los beneficios y los flujos de efectivo podrían superar con creces las previsiones actuales. En este escenario «Locos años veinte» convendría apostar por valores cíclicos frente a defensivos e invertir en los mercados emergentes y en sectores como servicios financieros, industria y materiales. Las posibles subidas de los tipos de interés amenazarían las acciones tecnológicas de alto crecimiento con valoraciones elevadas que llevan años liderando el mercado y que recibieron un impulso adicional durante la crisis del coronavirus.
El segundo escenario se parece más a la experiencia reciente. Los pesados lastres de deuda, la disrupción tecnológica y el envejecimiento demográfico podrían devolver la economía a un mundo de bajo crecimiento y a la “japonización” de los países desarrollados. En este entorno los valores de calidad, crecimiento e infravalorados serían la piedra angular de una cartera de acciones. Dado que los bancos centrales se han comprometido a dejar que las economías “se recalienten”, este segundo escenario parece menos probable.