Beto O’Rourke ha animado la carrera por las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2020. El demócrata alcanzó la fama el año pasado cuando se postuló para el Senado de los Estados Unidos y perdió sólo por poco ante su rival en el estado profundamente republicano de Texas.
Su fracaso en estos comicios fue también consecuencia de sus acciones, aunque no parezca algo lógico. Se mostró a sí mismo en muchos aspectos como el candidato arquetípico para la generación de los smartphones. Su combinación de encanto sureño, creencias apasionadas, carisma y elocuencia hizo que los votantes se lanzaran a sus teléfonos y el consiguiente aumento de seguidores que hicieron que se volviera viral.
Sería el candidato soñado para los mercados financieros, aunque afortunadamente no sólo por su forma de hablar. Es joven, moderado, tiene una capacidad demostrada para llevar a cabo una campaña sólida y su calidad de estrella es lo que exige la política moderna de EE.UU.
Todo esto mantiene ocupados a muchos comentaristas. Las comparaciones con Obama, por no mencionar a Robert Kennedy, han aparecido desde hace mucho tiempo. El primer fin de semana de su candidatura fue seguido por docenas de periodistas (una cadena contrató un coche de golf para seguirlo mientras corría una carrera de 5 kilómetros en Iowa).
Fortalezas y debilidades