En algunas partes de América Latina se respira una fuerte sensación de positividad. La inflación está bajando, el devastador impacto del COVID-19 ha quedado en gran medida atrás y las conversaciones sobre las perspectivas económicas son optimistas. Para los inversores, se trata de un contexto más constructivo, en el que las empresas bien gestionadas, con niveles atractivos de flujo de caja, pueden prosperar.
El efecto dominó: las principales materias primas vuelven a tener demanda
América Latina produce alrededor del 40% del cobre y dos tercios del litio del mundo, por lo que la región es siempre muy sensible a los movimientos de los mercados de materias primas. Cuando la demanda es alta, los efectos se dejan sentir en todas partes.
Es el caso de Perú, uno de los mayores productores de cobre del mundo. Como ha ocurrido en gran parte de la región, el país ha pasado apuros en los últimos años, afectado de forma desproporcionada por el COVID-19 y, posteriormente, por el aumento de la inflación.
Por eso, como me han recalcado en las conversaciones mantenidas durante este viaje, la subida de los precios del cobre es una buena noticia y ha inyectado más optimismo en la economía. Los precios más altos refuerzan las arcas públicas. Esto no sólo significa más inversión en proyectos de infraestructura, sino que también despierta la esperanza de que se pueda poner en marcha el ciclo de inversión del sector privado del que carece el país.
La transición ecológica es el principal motor de este renacimiento. El cobre y el litio son esenciales para las baterías de los vehículos eléctricos, la generación y el almacenamiento, y para alimentar los enormes centros de datos necesarios para el auge de la inteligencia artificial.