En un momento en que el mundo está experimentando un escaso crecimiento nominal y los inversores se preparan para una «japonización» duradera de dimensiones mundiales, la búsqueda de rentas es intensa.
Desde 2018, las economías desarrolladas han experimentado una ralentización del crecimiento: EE. UU. prevé expandirse a una tasa de aproximadamente el 2 % y Europa y Japón, por debajo del 1 %. Los mercados emergentes no son inmunes a esta tendencia, puesto que las tensiones comerciales internacionales, la ralentización en la demanda de materias primas y la atonía de las dinámicas demográficas, desembocan en un escaso incremento de la productividad.
La actividad industrial también se ha contraído en todo el mundo desde 2018, junto con la confianza de las empresas, que en Alemania se encuentra en unos mínimos posteriores a la crisis.
Entretanto la inflación continúa siendo bastante inferior al objetivo y tiende a la baja en la mayoría de las economías desarrolladas y en algunas emergentes. Además, se espera que se mantenga en niveles reducidos durante más tiempo a causa de factores estructurales como la tecnología, el aumento del porcentaje que representan los servicios en las economías y los elevados niveles de endeudamiento. Todo ello pese a que los distintos factores sugieren que esta inflación está ya tocando fondo en los países desarrollados. Es por ello que los bancos centrales se vieron obligados a recortar sus tipos de interés, dando así un giro de 180º en relación con hace apenas un año.
Política monetaria, en sus límites