Durante los últimos 30 años, el mundo de la publicidad ha experimentado tres grandes disrupciones que han redefinido su alcance. Estas transformaciones, impulsadas por avances tecnológicos y cambios en el comportamiento del consumidor, han configurado cómo las marcas se comunican con sus audiencias.
La primera gran revolución vino con la irrupción de los motores de búsqueda. A mediados de los años 90, Yahoo y, sobre todo, Google, transformaron la forma en que las personas encontraban información on line. Con el lanzamiento de Google AdWords en 2000, la publicidad en búsquedas pagadas (SEM) se convirtió en un componente esencial del marketing digital. Sus ventajas para la publicidad se centraron en dos aspectos. Por un lado, la generación de impacto ya que los anuncios en búsquedas permitieron a las marcas llegar a los consumidores en el momento exacto en que buscaban productos o servicios, aumentando la relevancia y la efectividad. Y, en segundo lugar, una medición precisa ya que la capacidad de medir el rendimiento de los anuncios en tiempo real cambió las reglas del juego, permitiendo a los anunciantes optimizar sus campañas de forma continua.
Esto permitió obtener un ROI más elevado. La naturaleza de pago por clic (PPC) hizo que las campañas fueran más accesibles y escalables, maximizando el retorno de inversión, algo que hasta entonces era impensable a la hora de accionar campañas publicitarias.
A mediados de los 2000, tuvo lugar la gran transformación social. Con la llegada de las redes sociales (Facebook, Twitter y posteriormente Instagram) las plataformas aparentemente concebidas para la interacción social, se convirtieron en poderosas herramientas de marketing capaces de llegar de forma personalizada e impactante a audiencias de todo tipo.
Las redes sociales ofrecieron capacidades de segmentación sin precedentes, basadas en datos demográficos, intereses y comportamientos de los usuarios ofreciendo al mercado una segmentación del target avanzada.