Llevo 30 años siendo abonado del Atlético de Madrid y reconzco que, primero en el Calderón y después en el Metropolitano, he visto cosas de lo más variopintas. Bocadillos gigantes, pancartas ingeniosas, disfraces de todo tipo… sin embargo, lo que siempre me ha llamado la atención han sido las personas que se dedican a grabar con su móvil minutos y minutos de todo lo que sucede en el campo, absortos en sus grabaciones mientras el verdadero espectáculo está sucediendo fuera de la pantalla. ¿Alguien verá esos vídeos alguna vez? ¿A quién castigará con su visionado cuando llegue a casa? Son preguntas que siempre me rondan la cabeza.
Igual de inquietantes me parecen las escenas de personas grabando mientras caminan en centros comerciales, avenidas o parques. ¿Volverán a ver esos vídeos o quedarán para siempre almacenados en la memoria de sus teléfonos? Me temo que nunca lo sabré y, honestamente, tampoco me importa. Pero sí me parece una práctica lo suficientemente extendida como para prestarle atención. Los psicólogos empiezan a denominarla “síndrome de diógenes digital”.
En este caso, ya no hablamos de acumular periódicos de hace décadas o latas vacías en todos los rincones de tu casa, sino de grabar o fotografiar personas, lugares o cosas de modo más o menos compulsivo con el fin de atesorar vivencias en tus dispositivos digitales.
Tanto el síndrome de diógenes tradicional como esta nueva versión digital del síndrome comparten la esencia de la acumulación como rasgo principal. La diferencia es que, mientras el primero puede terminar viviendo entre toneladas de revistas y basura, el segundo simplemente agota la memoria de sus dispositivos con montañas ingestionables de datos y archivos. Uno colecciona objetos físicos, y el otro, información o recuerdos digitales. En ambos casos, eso sí, se observa una misma realidad: la dificultad de desprenderse de lo que ya no sirve.
El perfil de personas que sufre este nuevo “síndrome” digital es muy variado. Desde el empresario que no vacía su buzón de entrada «por si acaso», hasta el adolescente que tiene miles de selfies almacenadas en la nube. ¿Es grave tener este tipo de comportamientos? Pues, salvo casos extremos, no debería. ¿Es aconsejable comportarse así? Pues tampoco, porque te resta capacidad de almacenamiento para cosas importantes y, sobre todo, te impide acceder a los recuerdos y la información que realmente importan de forma ordenada y eficiente. Y es que la información se convierte en “infoxicación” cuando la cantidad es tan ingente que te impide administrarla y digerirla correctamente.
