El acceso al cómputo se ha convertido en un nuevo eje de poder económico. Solo 32 países en el mundo disponen de centros de datos capaces de entrenar modelos de inteligencia artificial de última generación, según datos recogidos por The New York Times. El resto —más de 150 naciones— no cuentan con infraestructura mínima para participar en la economía digital emergente.
Estados Unidos y China controlan más del 90% de los centros de computación de alto rendimiento orientados a IA. En la Unión Europea, solo seis infraestructuras cumplen los requisitos técnicos. África y América del Sur apenas figuran en el mapa.
Esta asimetría tecnológica condiciona las oportunidades de desarrollo económico y agrava la dependencia de proveedores extranjeros. Los países sin capacidad propia se ven obligados a alquilar potencia a terceros, lo que encarece los costes, introduce riesgos legales y limita su autonomía estratégica.
A ello se suma la fuga de talento, que migra allí donde existen recursos para desplegar tecnología avanzada.
Algunos países están comenzando a reaccionar. Brasil ha iniciado inversiones en infraestructura soberana, India subvenciona el acceso al cómputo y desarrolla modelos en lenguas locales, y la Unión Europea ha lanzado programas para reducir su dependencia de los gigantes tecnológicos.