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En muchas organizaciones, la estrategia no fracasa por falta de ambición, sino por falta de comprensión. Los planes existen, los comités los aprueban y los objetivos se comunican.
Sin embargo, cuando llegan al terreno, pierden sentido. Entre la visión y la ejecución aparece una figura clave: el directivo como traductor.
Traducir no es repetir el mensaje corporativo con otras palabras. Es convertir conceptos abstractos —transformación, foco en el cliente, eficiencia, crecimiento sostenible— en decisiones concretas para equipos con realidades muy distintas. Cuando esa traducción falla, la estrategia se diluye.

Traducir el cambio organizativo
Un ejemplo claro es el de Microsoft en la etapa previa a Satya Nadella. La compañía tenía visión tecnológica, pero los equipos trabajaban en silos, guiados por métricas internas que no reflejaban el objetivo común.
El cambio no vino solo de una nueva estrategia, sino de la capacidad de los directivos para reinterpretarla: colaboración, aprendizaje continuo y foco en el usuario pasaron de ser eslóganes a criterios reales para priorizar proyectos.


