En la carrera por frenar el cambio climático, las energías renovables se presentan como el camino más prometedor hacia un futuro sostenible. Parques eólicos, plantas solares y otras fuentes limpias son ya protagonistas del nuevo paradigma energético.
Sin embargo, detrás del brillo verde de esta transición se esconden tensiones profundas que desafían los principios del desarrollo sostenible y los derechos humanos. ¿Es posible avanzar hacia una economía descarbonizada sin dejar atrás a comunidades vulnerables ni comprometer la justicia social?
La transición energética, enmarcada en los objetivos del Pacto Verde Europeo y de la Agenda 2030 de Naciones Unidas tienen como objetivo, entre otros, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, generar empleo verde y garantizar seguridad energética.
Pero esta transformación implica una reestructuración masiva de sectores económicos, territorios y modos de vida. La pregunta no es si debemos apostar por las energías renovables -la respuesta es un rotundo sí- sino cómo hacerlo sin reproducir lógicas extractivistas ni generar nuevas desigualdades.

¿Crecimiento vs. respeto?
Uno de los retos más visibles es el conflicto entre megaproyectos energéticos y comunidades locales o indígenas. En América Latina, África y también en Europa, se han documentado casos donde la construcción de grandes infraestructuras renovables ha generado desplazamientos forzados y destrucción de ecosistemas.

