El Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BoJ por sus siglas en inglés) han dejado la puerta abierta a nuevas medidas de estímulo, opción que también mantiene el People’s Bank of China (PBoC). Mientras los "actores" llamados a tomar el camino divergente, el del endurecimiento de su política, esto es, la Reserva Federal (Fed) y el Banco de Inglaterra (BoE) se han parado (cuanto menos) para evaluar una situación que ha sorprendido a todos.
El derrumbe de las commodities y la desaceleración de las emergentes, con el gigante asiático a la cabeza, han derivado en una "tormenta perfecta" en los mercados financieros, cuyos temores han ido in crescendo y se habla alto y claro de una posible recaída de la economía global. Idea que trae a la mente de inversores y analistas los peores recuerdos de 2008.
Y en este contexto, Shanghai acogerá, los días 26 y 27 de febrero, la reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20. Un encuentro sobre el que planea la posibilidad de que se discuta una acción coordinada sobre el tipo de cambio como sucediera en 1985.
Dicho año, las cinco principales naciones industriales de aquel momento acordaron en el hotel Plaza de Nueva York que la "apreciación ordenada de las principales monedas (fuera del dólar) era deseable". Para Capital Economics el "caso económico" para una intervención como esa es débil, pero, sobre todo, "ni si quiera está claro en qué dirección cualquier pacto trataría de controlar los tipos de cambio ahora".
Pues, aunque sí hay "caso" para debilitar al dólar (se ha apreciado un 25% en términos poderados por el comercio desde mediados de 2014); pero, la reciente apreciación de yen y euro está "complicando la vida tanto al BCE como al BoJ, que luchan por cumplir con sus objetivos de inflación". Por tanto, "las preocupaciones de estas tres regiones son fundamentalmente incompatibles y hacen que sea muy difícil que las autoridades alcancen un acuerdo que, en todo caso, sería poco probable que funcionara".