El precio de tomar una decisión conlleva decantarse por una opción y renunciar a todas las demás. BBVA decidió a finales del año pasado vender su filial en Estados Unidos por 8.500 millones de euros, que generó una plusvalía neta de 580 millones de euros.
Eso aportó al banco que preside Carlos Torres lo que por entonces se describió como «flexibilidad estratégica para invertir en los mercados en los que opera». Para los dirigentes del banco de origen vasco, eso se traducía en dinero en el bolsillo para acometer una inversión.
También en noviembre de 2020, se estaba estudiando la compra del Banco Sabadell. Los nuevos fondos generados por la venta de la filial estadounidense de BBVA generaron un problema, dado que los dirigentes de la entidad catalana elevaron sus exigencias para conseguir un acuerdo.
El importe estimado para efectuar la operación superaba los 2.000 millones de euros, pero no hubo trato y Banco Sabadell decidió continuar en solitario. Los inversores aplaudieron la decisión y el valor de la acción se ha duplicado, desde los 0,40 euros del año pasado hasta los casi 0,70 euros en los que cotiza ahora.
Eso devolvió a BBVA a la casilla de salida: dinero disponible y la necesidad de invertirlo. Tal y como el propio banco mantenía, el dinero se destinaría a alguno de los mercados donde ya operaba.