¿Qué podemos hacer juntos, para hacer frente a las consecuencias financieras de esta pandemia? Esta es la pregunta clave que el Eurogrupo ha estado discutiendo de forma intensa a lo largo de estas semanas. En los últimos años, la división entre los estados miembros del norte y del sur en cuanto a la gestión del equilibrio fiscal no ha disminuido.
Como en la fábula de la cigarra y la hormiga, los países “hormiga” del norte pueden mostrarse satisfechos de que en el corto verano que han disfrutado las economías europeas, han acumulado excedentes para amortiguar el deterioro de sus finanzas públicas.
Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de las «cigarras» del sur de Europa. Sin embargo, es precisamente en estos países donde la pandemia ha tenido un efecto más dramático y donde las medidas de confinamiento para reducir el coste humano producirán el impacto económico más grave.
El inminente deterioro de las finanzas públicas de Italia es particularmente preocupante: incluso antes de la crisis, las perspectivas de crecimiento del país eran malas y, en ausencia de un crecimiento constante, será muy difícil soportar la carga adicional de la deuda causada por la pandemia. No es de extrañar que el primer ministro italiano haya sido el primero en pedir a Europa que diseñe nuevos instrumentos de «solidaridad financiera».
La Comisión Europea respondió ofreciendo crear un fondo de 100.000 millones de euros para cubrir parte del coste fiscal de las medidas de desempleo a corto plazo aplicadas en casi todas partes. Por lo demás, se invitó a los países más frágiles a utilizar los instrumentos existentes: el Banco Europeo de Inversiones(BEI) -cuya capacidad de préstamo se reforzará- y el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) -cuya condicionalidad se redujo drásticamente. Sin embargo, no hubo unanimidad en cuanto