Pocos momentos después de que el Banco Central Europeo (BCE) recomendara a los bancos no repartir dividendos, el sector se quejaba de que esa política podía favorecer a la economía, pero perjudicaba la cotización. Pequeñas y grandes entidades se mostraron comprensivas con la medida, si bien añadían que debían aplicarlas aquellos bancos que no fueran rentables, no todo el sector.
Gonzalo Gortázar, consejero delegado de CaixaBank, criticaba hace unos meses que la medida no tenía sentido si no se retiraba el 1 de enero: «Si no, no la entiendo definitivamente». La asociación que representa el sector, AEB, se quejaba de que si la política del BCE continuaba, el sector financiero se convertiría en «la única industria que no puede repartir dividendos«, según decía su presidente, José María Roldán.
En esa línea, Roldán llamaba a diferenciar entre las entidades que sí tenían capital suficiente como para afrontar el reparto de dividendos y aquellas que no. José Antonio Álvarez, consejero delegado de Santander, secundaba el argumento de Roldán: «Espero que los reguladores no extiendan la recomendación a todas las entidades sin distinguir su posición».
El lamento unánime del sector tiene que ver con la rentabilidad y la valoración del mercado. Al castigo que está sufriendo en bolsa se le unía la imposibilidad de que los inversores apostaran por el sector, teniendo en cuenta que con el veto a los dividendos el retorno de la inversión se resiente.
En vistas de que la situación puede mejorar hacia finales de año, Christine Lagarde, la presidenta del BCE, parece haber escuchado las declaraciones de los bancos, aunque con muchas reservas. Según comunicó el organismo esta semana, permitirá la retribución al accionista, siempre y cuando se mantenga por debajo del 15% del beneficio acumulado de los bancos en 2019 y 2020.