Muchos analistas dudan de que haya una auténtica guerra de divisas detrás de las cotizaciones del yuan, del euro o del dólar, pero todos están de acuerdo en que el llamado mercado Forex (Foreign Exchange) es la clave de bóveda de las políticas económicas de nuestro tiempo.
"No reconocer el problema no hará que desaparezca", le decía en 2008 el entonces senador Barack Obama al presidente estadounidense George W. Bush. "El rechazo de su Gobierno de tomar medidas contundentes contra la manipulación de la moneda por parte de China hará más difícil que el Congreso apruebe nuevos acuerdos comerciales".
La crudeza con la que los políticos estadounidenses han hablado del control del Gobierno chino del yuan solo es superada por la suavidad con la que hablan sobre el tema una vez que tienen el poder y tienen que visitar Pekín, que es esencialmente el banquero que les presta dinero. La calificación del gigante asiático como manipulador de moneda es en Estados Unidos un asunto esencialmente electoral: hay que proteger a los trabajadores americanos, se suele decir, que pierden sus puestos ante la maquinaria exportadora china, engrasada con una moneda baratísima, controlada por el Gobierno.
Ese año 2008, en el que Obama presionaba a Bush para que apretara a China, estaba a punto de producirse la Gran Recesión de la economía global. Desde entonces, Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Europa comenzarían, por ese orden, a manipular sus monedas. Si China lo hacía promarcando directamente, por decreto, los valores máximos y mínimos de oscilación en la cotización del yuan, el resto de los países lo hizo de forma indirecta: imprimiendo dinero. Con una demanda interna deprimida todos querían, como China, volver sus productos más baratos y favorecer así sus exportaciones. Los grandes planes de compras de bonos (QE, o Quantitative Easing, en sus siglas en inglés) tumban de forma igualmente eficaz la cotización de la moneda "estimulada cuantitativamente".
"No creo que la expresión guerra de divisas sea la correcta en este caso, porque el objetivo no es fastidiar a los demás", nos dice Miguel Navascués, economista. "Es más bien un efecto colateral de una política con otro objetivo". "No pienso que haya una guerra de divisas", me asegura de igual manera Rosa Duce, economista jefe de Deutsche Bank. "Cada país ha jugado el papel que le tocaba. La [Reserva Federal] Fed al principio de la crisis hizo lo que tenía que hacer, debilitó al máximo el dólar para suplir con demanda externa lo que no tenía por demanda doméstica, y lo hizo muy bien. Hoy están planteándose retirar ese impulso doméstico".