Las expectativas de quienes esperaban que esta Cumbre del Clima no sirviera para mucho se han acabado cumpliendo. «Esta es una Cumbre de transición», contaban expertos a DIRIGENTES, si bien no se explicaba con claridad qué significaba eso.
Una vez pasadas estas dos intensas semanas de diciembre, se comprueba que transición era un sinónimo de «impass», o «poca acción», al contrario de lo que decía el lema de la 25ª Conferencia de las Partes (COP25). La ambición del gobierno chileno, organizador de la reunión, ha sido alcanzar un consenso para regular los mercados de carbón, ese mecanismo que permitía a los países dejar de cumplir sus compromisos de emisiones a cambio de pagar a otro estado para que lo hiciera en la misma medida.
Sin embargo, la realidad ha sido tozuda y la presidenta de la COP25, Carolina Schmidt, ha tenido que resignarse a presentar un acuerdo de mínimos. Las circunstancias que rodeaban las últimas jornadas del evento fueron poco halagüeñas. Apenas se escucharon rumores sobre la posibilidad de poner de acuerdo a los participantes, lo que obligó a la organización a rebajar cada vez más sus esperanzas.
El hecho que ejemplifica este fracaso es el incesante retraso de la celebración de la última sesión plenaria. Estaba previsto que la Cumbre del Clima finalizara el viernes, si bien las partes se dieron una prórroga para tratar de alcanzar un acuerdo cada vez menos ambicioso. Varios aplazamientos durante el sábado y el domingo, y con cada retraso, menos ambición.
El resultado es que la COP25 se marca 2020 como un año clave. En el comunicado emitido al finalizar la Cumbre, la organización reconoce que no se alcanzaron acuerdos para regular el mercado de carbono, como establece el Artículo 6 del Acuerdo de París. No obstante, se especifica que «sí se establecieron importantes avances en los documentos técnicos que permitirán avanzar de cara a Glasgow 2020».