Los tenedores de deuda pública exigen cada vez más para prestar a largo plazo y una parte creciente de esos títulos ha acabado en carteras apalancadas. Es el diagnóstico que traslada el Banco de Pagos Internacionales (BPI) en su informe trimestral de septiembre, difundido este lunes desde su sede en Basilea (Suiza). La institución sitúa el origen del repunte en la prima a plazo, no en otros factores.
«La rentabilidad de los bonos gubernamentales aumentó, especialmente la de aquellos con vencimientos más largos», recoge el documento. Detrás hay dos fuerzas. Los inversores quieren cobrar más por asumir plazos dilatados en países con el endeudamiento disparado. Y anticipan que los bancos centrales tendrán que endurecer los tipos ante una inflación alimentada por la factura energética.
Referencias en niveles que no se veían en años
El Bund alemán a diez años paga ya un 3,53 %, cifra inédita en 15 años. Su equivalente estadounidense se acerca al 5 %, techo desde octubre de 2023.
El caso británico es el más tensionado. El gilt a diez años ha tocado el 5,38 %, algo que no ocurría desde 2007, mientras los plazos de veinte y treinta años se han ido al 5,89 % y al 5,95 %. En muchos países, los títulos a 30 años cotizan en máximos de varias décadas.
El recorrido no ha sido lineal. A principios de junio las rentabilidades aflojaron ante la expectativa de un desenlace de la guerra en Irán y volvieron a tensarse cuando el conflicto se recrudeció semanas después. En el tramo estadounidense a diez años, la prima por plazo se amplió cerca de 10 puntos básicos: el 40 % de la subida acumulada.
Calendarios distintos a uno y otro lado
Las expectativas de tipos oficiales divergen por zonas. En Estados Unidos y la zona euro el ajuste previsto avanza de forma progresiva a lo largo de todos los plazos. En Japón se concentra al principio del recorrido y resulta más abrupto, con efectos que llegan hasta finales de 2027.
La incertidumbre sobre el rumbo monetario ha disparado la volatilidad del mercado de bonos. Sirve de ejemplo lo ocurrido el 19 de agosto: el Tesoro estadounidense comunicó que ampliaría la recompra de títulos de vencimiento lejano para sostener la liquidez y los rendimientos cedieron de golpe, aunque el alivio duró poco y enseguida remontaron.
El eslabón débil: los repos
La preocupación de fondo del BPI apunta a quién tiene esos bonos. Los fondos de alto riesgo («hedge funds») han comprado volúmenes elevados de deuda soberana usando dinero prestado y cubren esa financiación a muy corto plazo con acuerdos de recompra («repos»). Esa combinación puede amplificar cualquier tensión que surja en el mercado.
Un rescate cambiario sin llamar al BCE
El informe repasa también el episodio del yen. La divisa se hundió a medida que se ensanchaba el diferencial de tipos y rebotó con fuerza el 31 de julio, después de que el Ministerio de Finanzas japonés y el Tesoro estadounidense actuaran de forma coordinada. Desde entonces se ha mantenido estable.
La operación levantó ampollas en Fráncfort. Washington optó por deshacerse de euros, y no de dólares, para hacerse con yenes a través de la Reserva Federal de Nueva York. Joachim Nagel, presidente del Bundesbank, reprochó ante la prensa durante la cita del G20 en Asheville (Carolina del Norte) que nadie avisara antes al Banco Central Europeo (BCE).
Este tipo de actuaciones se reservan a momentos de funcionamiento muy desordenado de los mercados y no forman parte del instrumental monetario habitual; lo ordinario es que las grandes autoridades monetarias las pacten entre ellas. Christine Lagarde, presidenta del BCE, cuantificó el pasado jueves en Berlín la venta de divisa europea en 500 millones de euros, aunque evitó pronunciarse sobre el episodio, que llegó a las mesas del G20.
La presión sobre la moneda japonesa tiene una explicación conocida: el Banco de Japón mantiene el precio del dinero muy por debajo del de la Reserva Federal, lo que empuja a endeudarse en yenes para colocar el dinero en activos en dólares («carry trade»).
