Hiperconsumo digital, jornadas eternas, ojos irritados por las pantallas y horas de oficina que se desdoblan en el espacio-tiempo como un hotel de Gilbert: cuando parece que acaban, aparecen cien más. Si eres un workaholic, un becario explotado laboralmente o simplemente alguien sin botón de pausa, esto te va a sonar.
Desconectar del trabajo no siempre significa irse de copas. También puede ser volver al cuerpo, apagar el ruido y recuperar algo de lo que el día ha ido erosionando. En esta entrega de Out of Office, nos alejamos del bar y proponemos planes donde el afterwork se convierte en una experiencia de bienestar. Nada de resacas, pero sí vibraciones, estiramientos y silencio. Esta vez, además, cruzamos la frontera madrileña para explorar otros puntos de España donde el final de la jornada laboral puede ser otra cosa.
Hot Yoga – Madrid
Hay días que queman por dentro, y no precisamente por el clima. Cuando la tensión se acumula en cada músculo, cuando el cuerpo necesita soltar desde lo profundo, una clase de hot yoga puede ser una forma de reseteo físico y mental. En Hot Yoga Madrid, la propuesta es clara: calor, movimiento y respiración para volver a encontrarte contigo.
Ubicado en el corazón de la ciudad, este centro ofrece sesiones de yoga en salas climatizadas a temperaturas que oscilan entre los 35 y los 40 grados. El calor no está ahí solo para sudar —aunque se suda—, sino para facilitar la apertura muscular, desintoxicar el cuerpo y permitir una mayor conexión entre las posturas y la respiración. El ambiente está diseñado para invitar al recogimiento: luz tenue, silencio, instructores atentos y una comunidad diversa que va desde principiantes hasta yoguis experimentados.
Cada clase es un viaje que desafía pero también reconforta. No se trata de alcanzar la postura perfecta, sino de moverse con honestidad en medio de esa atmósfera densa y reparadora. Se combinan estilos como Bikram, Vinyasa o Yin Yoga, todos adaptados a la práctica con calor, y siempre con una guía técnica que cuida tanto el cuerpo como el ritmo emocional de cada participante. Al terminar, el sudor es casi simbólico: te llevas la sensación de haber vaciado algo pesado, de haberlo derretido, y salir del estudio con una ligereza que ni el mejor vermut podría darte.
