Desde hace varios meses, venimos manteniendo una postura entre neutra y defensiva en nuestras inversiones en renta variable, compensada por un poco más de riesgo de crédito en nuestra asignación en bonos. A fin de cuentas, si nos fijamos en el rendimiento tras los últimos meses de verano, esta estrategia no resultará tan desfavorable.
Es cierto que los índices de renta variable subieron durante el periodo estival, pero sólo de forma muy limitada y principalmente en los mercados estadounidenses, impulsados por los mismos 10 valores emblemáticos de la "nueva economía", mientras que los mercados de renta fija mantuvieron la misma volatilidad elevada, lo que jugó en contra de los bonos soberanos, mientras que no tuvo ningún impacto en la parte de crédito, que siguió registrando rentabilidades positivas.
Por otra parte, a diferencia de 2022, la cumbre de Jackson Hole de este año no fue testigo de ninguna declaración trascendental por parte de los banqueros centrales que pudiera alterar las expectativas monetarias que se habían formulado anteriormente.
Tampoco hay novedades macroeconómicas. Como se esperaba, la eurozona ha entrado en recesión, pero está lejos del "aterrizaje forzoso" mencionado el pasado enero. La economía estadounidense resiste, sostenida por un consumo que sigue siendo muy sólido, impulsado por una inflación salarial positiva. Sólo China está resultando sorprendente, con unas perspectivas bastante sombrías y un fuerte aumento de la preocupación por el sector inmobiliario, a pesar de los sucesivos anuncios de las autoridades para intentar invertir la tendencia, que los mercados consideran insuficientes.
En estas condiciones, no vemos motivos para modificar significativamente nuestras asignaciones para este último trimestre: