
A medida que se acerca 2017, resulta extraordinario que la tasa de desempleo de EEUU haya alcanzado su punto más bajo del ciclo y se sitúe en el 4,9% que los salarios (representados por los ingresos medios por hora) se hayan incrementado a su tasa más alta del ciclo y crezcan un 2,8% y que, mientras tanto, los tipos de interés sigan moviéndose en unos niveles de emergencia que apenas han variado durante ocho años.
Es en este contexto de cotizaciones influenciadas por unos tipos de interés increíblemente bajos en el que es preciso enfocar la victoria de Trump. Los Republicanos controlan el Congreso estadounidense, por lo que es probable que Trump consiga poner en marcha un importante aumento del gasto público en un momento en el que la inflación salarial está aumentando.
El acusado repunte de los rendimientos desde las elecciones constituye la señal más evidente de que los inversores han tomado partido no solo por un crecimiento más alto a medio plazo, sino también por unas expectativas de inflación más elevadas. Aunque la Fed ha creado un interminable melodrama con sus constantes aplazamientos de las subidas de tipos durante los últimos años, parece difícil que esta situación se prolongue en el futuro.
El inicio de la normalización de los tipos de interés también significa el principio del fin de la represión financiera. El entorno de mercado desde la crisis financiera de 2008 ha sido de todo menos normal y la Reserva Federal estadounidense, para lidiar con sus efectos, ha desplegado en él todas las armas de su arsenal. Cuando estas armas se agotaron, utilizó herramientas que nunca antes habían salido de las páginas de las publicaciones académicas marginales.
La sopa de letras resultante, con acrónimos como QE (quantitative easing o relajación cuantitativa) o ZIRP (zero interest rate policy o política de tipos de interés cero), ha tenido como efecto acumulado la imposición de la represión financiera sobre los ahorradores, tanto particulares como institucionales. Con 13 billones de activos de deuda pública ofreciendo tipos negativos (en junio de 2016) se convirtió en misión imposible invertir en activos «sin riesgo». Eso colocó a los ahorradores en la tesitura de elegir entre comprar acciones o bonos corporativos para generar algún tipo de rentabilidad real, o aceptar que su capital quedara erosionado por la inflación por mantenerlo en los denominados activos «sin riesgo», como los activos monetarios y la deuda pública.