La idea se forjó lejos de una fábrica. En un laboratorio de la Universidad de Concepción, en Chile, un equipo miró los subproductos forestales con otros ojos. Donde muchos veían residuo, ellos vieron una materia prima posible. La pregunta era simple: cómo hacer química industrial sin depender tanto del petróleo. Soquimat nació en 2018 desde esa investigación universitaria.
La idea tomó forma con una tecnología muy concreta: bioaditivos nanotecnológicos para la industria de la pintura. Su producto PHENOX® utiliza subproductos forestales para mejorar el rendimiento de recubrimientos y reducir su impacto ambiental. No se trataba solo de formular mejor, sino de producir distinto.
Aplicando soluciones
El camino no fue directo. Patricia Barros, CEO; Andrés Díaz, COO; Esteban Toledo, CTO, y Mytzy Godoy, coating developer, han convertido ciencia aplicada en soluciones industriales. Entre sus desarrollos aparecen T-COAT® Anticorrosive Coating, una pintura anticorrosiva con capacidad de autorreparación, y otra con propiedades antimicrobianas. La validación llegó cuando el laboratorio empezó a hablar el idioma del mercado.
Ese salto recibió un impulso clave en 2025. Soquimat obtuvo inversión tras participar en la cuarta generación del programa Discovery-A, impulsado por el Centro de Innovación UC junto a Invexor Venture Partners. El objetivo era claro: desarrollar su tecnología y ampliar presencia en nuevos mercados. Patricia Barros lo resumió como «un gran impulso para seguir creciendo». La internacionalización dejó de ser una promesa y pasó a ser una hoja de ruta.
Este año, la compañía reforzó esa ambición con una nueva generación de aditivos biobasados de alto valor añadido. La propuesta busca reducir la dependencia de materias primas fósiles y entrar en sectores como plásticos, recubrimientos y otros materiales industriales. Soquimat se mueve en una tendencia global: química verde, circularidad y descarbonización. Ese posicionamiento conecta con los objetivos europeos de transición ecológica y competitividad industrial.
La historia de Soquimat también habla de transferencia tecnológica. De cómo una investigación puede salir del paper, pasar por pilotos, buscar clientes y competir en una industria exigente. Andrés Díaz lo explicó desde la experiencia: pasaron de la ciencia básica a la aplicada y luego a la validación del producto. Ahí está el verdadero salto: convertir conocimiento en impacto real.
Ahora la startup mira más allá de Chile. Sus raíces están en Concepción, pero su mercado está en cualquier industria que necesite materiales más limpios sin perder rendimiento. Barros deja una idea que funciona como cierre y como brújula: «la investigación tiene que responder a las necesidades reales del mundo». Soquimat quiere demostrar que la química del futuro también puede nacer de un residuo.