En la actualidad, los inversores de renta fija deben adaptarse a un entorno muy diferente que afecta a la forma de gestionar esta clase de activo, sobre todo las carteras de crédito.
El entorno de tipos de interés y rendimientos bajos de los últimos años, con el que sufrieron los inversores en renta fija, ha dado paso a un panorama completamente nuevo. En 2020, si invertías en bonos del Tesoro, la probabilidad de que obtuvieras un rendimiento negativo era muy alta –en resumen, era pagar por comprar deuda pública, mientras que incluso en los sectores de mayor rendimiento las rentabilidades totales se veían amenazadas.
El año pasado asistimos a un giro en la política monetaria de los bancos centrales para hacer frente a la inflación, y esperamos que esta tendencia continúe. De cara al futuro, confiamos en que este nuevo régimen, marcado por unos de los niveles más altos de inflación, mayor volatilidad y una política monetaria más restrictiva, se mantenga sin cambios.
Esta nueva coyuntura genera oportunidades únicas para los inversores en renta fija a largo plazo, sobre todo en el seguimiento de crédito, siempre y cuando logren desenvolverse con éxito.
El régimen macroeconómico en el que nos adentramos se define por una serie de características nuevas que, en conjunto, modificarán nuestro punto de vista sobre la deuda. Prevemos una inflación más alta e inestable, una mayor volatilidad de los tipos de interés, una política monetaria más restrictiva, un aumento de la dispersión (en concreto en el sector de crédito) y más períodos de correlación positiva entre la renta fija y la renta variable.