La excesiva carga normativa es el gran obstáculo que impide a las empresas europeas competir frente al arrollador dinamismo de Estados Unidos y China. La presidenta del Banco Santander, Ana Botín, ha aprovechado el Foro de Davos para alertar sobre esta peligrosa brecha económica.
Si las instituciones comunitarias no simplifican sus procesos, el continente corre el grave riesgo de convertirse en un simple «museo» turístico y de consumo. El capital privado necesita incentivos reales para no llevarse sus inversiones en busca de mayor agilidad.
El laberinto de los 27 marcos normativos
La gran desventaja estructural de la región reside en su brutal fragmentación interna. Mientras una startup estadounidense o asiática nace en un mercado homogéneo gigante, los proyectos europeos chocan contra 27 sistemas fiscales y leyes de datos distintas desde su primer día.
Este laberinto institucional frena el crecimiento operativo y ahoga económicamente a los fundadores. Ante semejante parálisis, la salida más lógica y rentable para las empresas emergentes acaba siendo trasladar sus sedes de operaciones al otro lado del Atlántico.
Fuga de innovación en la era algorítmica
La industria tecnológica, impulsada ahora por la inteligencia artificial, no perdona esta tremenda lentitud institucional. Europa cuenta con proyectos pioneros de enorme potencial que se ven obligados a madurar y generar riqueza fuera de sus fronteras originales.
Esta emigración corporativa forzosa debilita la posición geopolítica de la Unión y le resta competitividad directa. Los principales directivos del continente observan con total impotencia cómo la distancia económica con los dos grandes bloques de referencia se ensancha cada año.
Una pausa urgente para fluir el crédito
Para revertir este temido declive, Botín reclama una «pausa» inmediata en la asfixiante regulación financiera actual. Los bancos necesitan recuperar su margen de maniobra para poder inyectar liquidez y respaldar a los proyectos innovadores que demandan un impulso inicial.
Sin un ecosistema legal que facilite esta inversión temprana, la brecha productiva mundial será totalmente insalvable. El mensaje del sector privado es claro: o Europa recorta drásticamente sus infinitos trámites burocráticos, o asumirá un papel irrelevante en la futura economía global.
