El sector bancario ha elevado a queja unánime lo que hace unos meses era solo un lamento. Todos los primeros espadas de los bancos admiten con reservas que la política monetaria que el Banco Central Europeo (BCE) ha llevado a cabo desde los tiempos de Mario Draghi “salvó el euro”, en palabras de la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, durante la presentación de resultados, pero no terminan de verla con buenos ojos.
A este respecto, el propio BCE ha admitido recientemente que esta política, consistente en articular una estrategia de estímulos monetarios y facilitar el acceso al crédito, podría haber provocado efectos adversos. De hecho, hace unas semanas informó de que revisará su estrategia para calibrar qué influencia había tenido en el ecosistema económico europeo.
Como Botín, su homólogo en CaixaBank, Jordi Gual, aseguró que “las bajadas de tipos y las inyecciones de liquidez (…) han tenido efectos beneficiosos a nivel macroeconómico”. En una línea similar se explicó Ignacio Goirigolzarri, presidente de Bankia, al afirmar que la gestión de Mario Draghi había sido fundamental para preservar la moneda única.
Una vez hecha estas aclaraciones, los diferentes dirigentes expusieron su punto de vista con respecto a la extensión de esta política. En esencia, sus explicaciones fueron similares, excusando que la situación requería de medidas extraordinarias, si bien una vez que ese momento pasó, la magnitud de la respuesta debía haberse reducido.
Hay que recordar que en septiembre, en una de sus últimas intervenciones, el banquero italiano redujo otros diez puntos básicos la tasa de interés de depósito. Este movimiento representó un nuevo golpe para el sector bancario, dado que algunas de las principales entidades basaron sus planes estratégicos en un retorno a intereses positivos. Así, en lugar de producirse la hipótesis que manejaban, la tasa se situó en un -0,5%, por lo que los bancos estaban obligados a pagar aún más por los depósitos que les guarda el BCE.