Los precios de producción se disparan un 4,1% impulsados por la energía, pero la atonía de la demanda interna hunde los márgenes corporativos.
La economía de China consolida una peligrosa dinámica de dos velocidades. El índice de precios al productor (IPP) del gigante asiático se disparó un 4,1% interanual en el mes de junio, marcando su nivel más alto desde julio de 2022 y encadenando su cuarto mes consecutivo al alza, según los datos oficiales publicados este jueves por la Oficina Nacional de Estadística (NBS).
Este repunte industrial (que rompió su racha deflacionaria el pasado marzo) choca frontalmente con la parálisis del mercado interno. Mientras el auge exportador vinculado a la inteligencia artificial revitaliza la manufactura avanzada, el débil gasto de los hogares, la falta de inversión y el frenazo inmobiliario siguen lastrando la actividad nacional. Esta brecha impide a muchas empresas trasladar el aumento de sus costes al consumidor final, devorando sus márgenes de beneficio.
El pulso energético y tecnológico
El alza anual de los precios en las fábricas se explica, en gran medida, por el encarecimiento de la minería del carbón, la maquinaria eléctrica, la electrónica y los metales ferrosos (avivados inicialmente por el impacto en el crudo de la guerra en Irán). Sin embargo, en términos intermensuales, el IPP retrocedió un 0,3% en junio tras la corrección del petróleo propiciada por el alto el fuego acordado entre Estados Unidos y el país persa. En paralelo, industrias de vanguardia como la realidad virtual o los nanomateriales de carbono lograron mantener subidas de precios mes a mes.
En el otro extremo, los fabricantes más expuestos al consumo local sufren un claro estrangulamiento. Un síntoma evidente de esta anemia interna es el sector de la automoción, que en junio registró caídas de ventas por noveno mes consecutivo, obligando a las marcas a volcarse de forma desesperada en los mercados exteriores para dar salida a su producción.
Guerra de precios y paciencia monetaria
Los datos de inflación al consumo (IPC) confirman el frío escenario doméstico. El índice general avanzó apenas un 1,0% interanual el mes pasado (desacelerando desde el 1,2% de mayo y situándose por debajo de las previsiones). El IPC subyacente (que excluye energía y alimentos frescos) creció a su ritmo más lento desde enero, mientras que el precio de los alimentos se desplomó un 1,6%.
Para frenar esta espiral que amenaza la viabilidad empresarial, el regulador del mercado chino ha intensificado su ofensiva contra la feroz guerra de precios (catalogada localmente como competencia de «involución») que asola a sectores clave como los vehículos eléctricos, los paneles solares, las baterías de litio o el reparto de comida.
Pese a la debilidad del flanco doméstico, el salvavidas del actual ‘boom’ exportador permite a Pekín ganar tiempo. Analistas como Zhaopeng Xing, estratega jefe para China del banco ANZ, apuntan a que estas perspectivas de inflación permiten a los responsables políticos mantener la paciencia y aparcar los recortes en los tipos de interés durante el resto de 2026, posponiendo así la aplicación de medidas de estímulo más contundentes.
