Cada verano, el aire acondicionado vuelve a convertirse en uno de los grandes puntos de fricción dentro de la oficina. Mientras unas personas piden bajar la temperatura, otras trabajan con chaqueta en pleno julio. Sin embargo, el problema no siempre está en el termostato, sino en cómo se entiende el confort térmico dentro del espacio de trabajo.
«No existe una temperatura única ideal válida para todas las personas», explica Albert Valls Molist, responsable del Área de Ergonomía y Psicosociología de Quirónprevención. El confort térmico, añade, es una percepción subjetiva que depende de factores como la edad, el sexo, el nivel de actividad o la habituación al calor y al frío.
Aun así, sí existen rangos de referencia. En oficinas, durante los meses de verano, las recomendaciones suelen situar la temperatura entre 23 °C y 26 °C, siempre que se trate de una actividad sedentaria y de una vestimenta adaptada a la estación. El objetivo, según Valls, no es alcanzar una temperatura perfecta, sino crear unas condiciones que reduzcan la incomodidad del mayor número posible de personas.
La temperatura influye de forma directa en el rendimiento. En ambientes demasiado cálidos pueden aparecer fatiga, somnolencia y dificultad para concentrarse. En espacios demasiado fríos, aumenta la incomodidad, la distracción y la tensión muscular. «No se trata solo de confort, sino también de eficiencia y de salud laboral», señala Valls.
Diversos factores
El termostato, además, no lo explica todo. En el confort térmico intervienen otros factores como la temperatura radiante de paredes, techos, ventanas o equipos; la humedad relativa; la velocidad del aire; las corrientes que inciden directamente sobre cuello o tobillos; el nivel de actividad física y el tipo de ropa utilizado.
Uno de los errores más habituales en las oficinas es modificar constantemente la temperatura ante quejas puntuales. Para Quirónprevención, estos cambios bruscos generan oscilaciones térmicas que pueden aumentar la incomodidad y elevar el consumo energético. La recomendación pasa por mantener la climatización dentro de rangos estables, fomentar un uso responsable del aire acondicionado y evitar puertas o ventanas abiertas cuando el sistema está funcionando.
También resulta clave revisar la distribución del espacio. Muchas oficinas reorganizan puestos, incorporan equipos o cambian flujos de ocupación sin adaptar las salidas de aire. Esto puede crear zonas de sobreexposición, donde algunas personas reciben aire frío de forma directa, y otras con déficit de climatización.
El trabajo híbrido ha añadido otra capa de complejidad. Según Valls, muchas empresas siguen utilizando sistemas poco adaptados a la ocupación real de los espacios. La climatización no siempre se ajusta a oficinas que cambian de densidad cada día. A ello se suma la falta de ajuste local y la tendencia a valorar solo los grados, sin considerar humedad, orientación de ventanas o radiación solar.

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El diseño también puede ayudar. La protección solar inteligente, la ventilación natural cruzada y una distribución que aleje los puestos de las zonas de mayor radiación permiten reducir la dependencia del aire acondicionado. En este sentido, el confort térmico no depende solo de enfriar más, sino de diseñar mejor.
Para este verano, el experto de Quirónprevención recomienda combinar medidas técnicas, organizativas y hábitos individuales: mantener temperaturas recomendadas, evitar el sobreenfriamiento, asegurar una ventilación adecuada, revisar los sistemas de climatización, adaptar la vestimenta, hidratarse y comunicar situaciones de disconfort.
El reto, concluye Valls, es avanzar hacia oficinas más adaptativas y resilientes ante el aumento progresivo de las temperaturas, equilibrando bienestar, eficiencia energética y prevención de riesgos laborales.
