Hay quien organiza las vacaciones alrededor de un hotel. Otros prefieren hacerlo en torno a una reserva en ese restaurante que lleva meses acumulando lista de espera. Nosotros proponemos una alternativa: planificar la escapada alrededor de una cala.
Esos pequeños accidentes geográficos donde el Mediterráneo —y, en uno de los casos, el Cantábrico— demuestra que no hace falta recorrer medio mundo para encontrar aguas de colores imposibles, acantilados espectaculares y ese lujo que cada verano parece más difícil de conseguir: espacio para no hacer nada.
De Menorca a Lanzarote, pasando por Asturias, Girona o Almería, esta ruta reúne siete calas, cada una situada en un destino diferente, que justifican por sí solas una escapada.

Cala Macarelleta, en Menorca
Cala Macarelleta es probablemente una de las imágenes que mejor resumen el verano mediterráneo. Una pequeña lengua de arena blanca, protegida por pinares y rodeada por aguas que recorren prácticamente toda la gama de azules.
El acceso forma parte de la experiencia. Se puede llegar caminando desde Cala Macarella a través de un sendero de unos diez minutos que discurre entre vegetación y acantilados antes de desembocar en esta pequeña bahía.
Antes de bajar conviene detenerse en el mirador. Desde allí se obtiene la perspectiva que ha convertido Macarelleta en una de las postales más reconocibles de Baleares.

Caló des Moro, en Mallorca
Caló des Moro ya era uno de los secretos mejor guardados de Mallorca antes de convertirse en uno de los escenarios favoritos de Instagram. Su tamaño reducido y su popularidad obligan a madrugar, pero el paisaje sigue compensando el esfuerzo.
La cala está encajada entre paredes rocosas y vegetación mediterránea, con un agua de un azul tan intenso que parece haber sido retocada. El mejor momento para visitarla es a primera hora, antes de que aumente la afluencia.
El plan perfecto consiste en llegar antes de las nueve, darse el primer baño del día y continuar después hacia Santanyí para desayunar o recorrer el municipio.

Cala del Moraig, en Alicante
La Costa Blanca abandona aquí su perfil más urbano y muestra su versión más abrupta. Cala del Moraig aparece rodeada de acantilados, cuevas marinas y fondos especialmente atractivos para practicar snorkel.
Uno de sus principales reclamos es la cercana Cova dels Arcs, una formación rocosa esculpida por la acción del mar que convierte la visita en algo más que una jornada de playa.
El terreno es pedregoso, por lo que los escarpines no son un complemento opcional. También conviene llevar gafas y tubo para explorar sus fondos transparentes.

Cala Pola, en Girona
Roca, pinares, agua profunda y senderos junto al mar. Cala Pola concentra en un espacio reducido todos los elementos que han convertido a la Costa Brava en uno de los paisajes costeros más reconocibles de España.
Sus aguas suelen mantenerse relativamente tranquilas y su entorno conserva ese aspecto cinematográfico que caracteriza a muchas calas de Girona. El bosque llega prácticamente hasta la arena, creando una sensación de aislamiento pese a su cercanía a Tossa de Mar.
Desde la cala se puede acceder a algunos de los tramos más atractivos del Camí de Ronda. El baño puede convertirse así en una excursión de varias horas entre acantilados y miradores.

Gulpiyuri, en Asturias
Gulpiyuri no tiene horizonte, barcos ni una línea de costa convencional. De hecho, ni siquiera se encuentra directamente junto al mar.
Esta pequeña playa interior recibe el agua del Cantábrico a través de cavidades y conductos subterráneos abiertos en la roca. Cuando sube la marea, el agua aparece en medio de un prado verde como si se tratara de una piscina natural.
Más que un destino para pasar todo el día, es una parada para quienes buscan algo diferente. Una rareza geológica que demuestra que no todas las playas necesitan mirar directamente al océano.

Playa de Papagayo, en Lanzarote
Papagayo es, en realidad, un conjunto de pequeñas calas protegidas dentro del espacio natural de Los Ajaches. Su principal atractivo se encuentra en el contraste entre la arena dorada, el agua turquesa y el paisaje volcánico de Lanzarote.
La ausencia de grandes construcciones y hoteles a pie de playa refuerza la sensación de aislamiento. Aquí el protagonismo recae en las formas del terreno, el silencio y un horizonte prácticamente libre de elementos urbanos.
Conviene llevar agua, comida y todo lo necesario para pasar varias horas. Una vez allí, resulta difícil encontrar un motivo para marcharse antes del atardecer.

Cala de Enmedio, en Almería
Cala de Enmedio es uno de esos lugares cuyo acceso funciona como filtro natural. Para llegar hay que caminar unos veinte minutos, un pequeño esfuerzo que ayuda a conservar su carácter tranquilo.
Sus paredes blancas, moldeadas por el viento y el agua, recuerdan a una cantera de mármol natural. Frente a ellas aparece un mar que suele mantenerse transparente incluso durante los meses de mayor afluencia turística.
No hay urbanizaciones, grandes restaurantes ni paseos marítimos. Solo roca, agua y la sensación de haber encontrado uno de los últimos rincones salvajes del Cabo de Gata.
Una cala para cada escapada
Elegir una sola resulta complicado porque ninguna se parece completamente a la anterior. Menorca ofrece la postal mediterránea perfecta; Mallorca, la imagen icónica; Girona, la Costa Brava más clásica; y Alicante, un escenario privilegiado para el snorkel.
Asturias aporta la sorpresa geológica, Lanzarote el paisaje volcánico y Almería la sensación de aislamiento. Siete destinos diferentes unidos por una misma idea: organizar las vacaciones alrededor del agua.
Porque las mejores calas no siempre son las más grandes ni las más famosas. Son aquellas que, incluso después de abandonarlas, siguen apareciendo en la cabeza cada vez que alguien menciona la palabra verano.
