El consejero delegado de Ford, Jim Farley, ha lanzado una severa advertencia sobre la inminente amenaza que suponen los fabricantes chinos para la industria automotriz estadounidense. Durante su intervención en una conferencia sectorial, el directivo urgió a Estados Unidos a evaluar cuidadosamente cómo y bajo qué condiciones permitir el acceso de estos rivales al mercado nacional, utilizando la actual crisis del motor en el Viejo Continente como el principal espejo en el que no mirarse.
La rápida penetración de las marcas asiáticas en Europa, donde continúan arrebatando cuota de mercado a las corporaciones tradicionales, ha llevado a Farley a sentenciar que, para los países europeos, «ya es demasiado tarde». Las cifras macroeconómicas respaldan este temor global: las previsiones apuntan a que China exportará alrededor de 12 millones de vehículos este año hacia Europa, América Latina y otras regiones, cuadruplicando los 3 millones de unidades registradas en el ejercicio 2022.
Alianzas corporativas bajo la lupa política
Pese a la contundencia de su mensaje proteccionista, el máximo responsable de Ford defendió la necesidad de mantener una estrategia híbrida frente al gigante asiático. La compañía de Míchigan continuará asociándose con firmas chinas en áreas donde carece de experiencia técnica o cuando la operación resulte más eficiente a nivel de capital.
El ejemplo más claro de esta dualidad es el acuerdo que mantiene con el fabricante de baterías CATL para producir celdas de bajo coste en suelo estadounidense, o la alianza anunciada el pasado julio con Geely para desarrollar de forma conjunta coches eléctricos destinados al mercado europeo. «También vamos a competir con ellos directamente; no son estrategias mutuamente excluyentes», matizó Farley ante la industria.
Esta táctica a dos bandas ha situado a Ford en el centro del huracán político en Washington. Este mismo mes, el secretario de Transporte de Estados Unidos, Sean Duffy, remitió una dura carta al CEO expresando su preocupación por unos acuerdos que, a su juicio, entrelazan el futuro del histórico fabricante norteamericano con corporaciones respaldadas directamente por el Estado chino.
El futuro del muro arancelario estadounidense
Actualmente, el mercado de Estados Unidos se mantiene herméticamente cerrado a los vehículos chinos gracias a un muro regulatorio de dos frentes: una prohibición específica sobre el software automotriz fabricado en el país asiático y la imposición de barreras arancelarias que superan el 100%.
Sin embargo, la cúpula directiva del sector teme que estos cortafuegos no sean sostenibles a largo plazo ante la agresividad comercial y productiva de Pekín. Ante este clima de incertidumbre, los lobistas que representan a fabricantes, concesionarios y proveedores de componentes ya han intensificado su maquinaria de presión sobre los legisladores de Washington para exigir la aprobación de un veto permanente que blinde la supervivencia industrial de Estados Unidos.
