La aceleración de la inteligencia artificial y la expansión de la infraestructura cloud están dinamitando los objetivos medioambientales de las grandes corporaciones tecnológicas. Un reciente informe elaborado de forma conjunta por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) y la World Benchmarking Alliance (WBA) evidencia una peligrosa doble velocidad en la digitalización global: mientras los operadores de telecomunicaciones logran contener su huella de carbono, los gigantes de Silicon Valley la disparan a niveles récord.
El estudio, basado en los datos de 2024 de 200 empresas del sector, revela cifras alarmantes para las principales corporaciones. Tomando como base los niveles de 2020, las emisiones operativas de Microsoft se han disparado hasta el 239%, seguidas muy de cerca por las de Amazon (221%), Meta (219%) y Alphabet (192%). En claro contraste, las grandes telecos han logrado reducir sus emisiones un 11% en el mismo periodo, demostrando que es posible operar grandes redes de infraestructura sin un crecimiento exponencial del consumo eléctrico.
El apetito voraz de la nueva computación
Aunque las tecnológicas no ofrecen datos lo suficientemente desglosados como para aislar de forma exacta el peso de la IA, los analistas identifican una correlación directa e indiscutible: la divergencia en el consumo comenzó a ensancharse en 2022 y se ha desbocado durante 2023 y 2024. Este pico de emisiones está vinculado estrechamente a la construcción de macrocentros de datos especializados, los sofisticados sistemas de refrigeración que exigen y las insaciables necesidades energéticas para entrenar modelos algorítmicos.
A nivel global, la sed eléctrica del sector es colosal. Las 200 empresas analizadas consumieron en conjunto 494 teravatios hora (TWh) de electricidad en 2024, lo que representa aproximadamente el 1,7% del consumo eléctrico de todo el planeta. La concentración es además brutal: los diez mayores consumidores de este listado monopolizaron el 54% de la demanda total. En términos de impacto directo, las emisiones operativas del sector superaron los 301 millones de toneladas de CO₂ equivalente en el último ejercicio.
El reto de la cadena de valor y el endurecimiento europeo
El principal escollo para frenar esta escalada medioambiental es que el problema no se limita a las instalaciones físicas de las empresas. El informe alerta de que el 76% de la huella de carbono declarada proviene de la cadena de valor, especialmente de la energía que consumen los productos vendidos durante su vida útil (el 52% de esta categoría) y del impacto de los bienes adquiridos a proveedores (el 27%).
Ante este escenario de greenwashing corporativo, Europa ha comenzado a endurecer el tono. La implementación de la Directiva sobre información corporativa en materia de sostenibilidad (CSRD) y la Directiva sobre diligencia debida (CSDDD) forzará a las multinacionales a ir más allá de las meras promesas de «neutralidad climática». Las nuevas normativas comunitarias exigirán transparencia real sobre los riesgos climáticos, planes de transición tangibles y, sobre todo, una evolución efectiva y contrastable de las emisiones de carbono que soporte el agresivo despliegue de la IA.
